Patricia Churchland
Orihuela, 2 de diciembre de 2019
Ha llegado Diciembre y el trabajo que estamos haciendo avanza a buen ritmo: las lecturas son muy sugerentes y vamos profundizando en ellas. Sin embargo, al tratarse de obras completas nos vemos en la necesidad de escoger los capítulos o fragmentos en los que se condense la información esencial para trabajar el pensamiento de nuestra filósofa para un nivel de alumnos de bachillerato. Hemos puesto en común nuestras dudas y armonizado puntos de vista.
En el intercambio de ideas acerca de las mujeres que estudiamos, hemos visto que ambas encajan en el tema de Antropología de 1º de Bachillerato, y curiosamente, entre ambas se da un planteamiento interesante de aquello que nos conforma desde la naturaleza y desde la cultura.
Patricia Churchland en los primeros capítulos de El cerebro moral ahonda en el fundamento de los valores sociales y, muy especialmente, en la neuroquímica del apego. Señala que la organización evolutiva de nuestro sistema nervioso ha designado al dolor y el miedo como las emociones homeostáticas encargadas de corregir aquellas conductas que no contribuyen a la autopreservación. Asimismo, lo que destaca en su aproximación neurofilosófica a la ética es el mecanismo por el cual se amplía el rango de individuos de los que nos preocupamos por su supervivencia. En definitiva, los valores sociales que nos incitan al cuidado de los otros (descendientes, pareja...) vendría articulados por mecanismos neuronales y corporales, entre los que destacan la producción de los neuropéptidos Oxitocina y Vasopresina arginina (con un origen anterior a los mamíferos), y no culturales. Es así como Churchland pone sobre la mesa una argumentación que inclina la balanza hacia los biológico en la dialéctica naturaleza-cultura.
Por el contrario, Ruth Benedict, perteneciente a la Escuela de la Cultura y la personalidad busca en la educación de los niños la transmisión de los valores culturales que llevarán incluso a enseñar a los japoneses a conseguir y mantener ciertas posturas corporales; para ella la balanza se inclina hacia el lado de lo cultural.
Como se puede observar, la dialéctica creada con ambas autoras es muy rica y nos da para mucho debate e intercambio de ideas.
Seguiremos informando de nuestros progresos.
Patricia Churchland en los primeros capítulos de El cerebro moral ahonda en el fundamento de los valores sociales y, muy especialmente, en la neuroquímica del apego. Señala que la organización evolutiva de nuestro sistema nervioso ha designado al dolor y el miedo como las emociones homeostáticas encargadas de corregir aquellas conductas que no contribuyen a la autopreservación. Asimismo, lo que destaca en su aproximación neurofilosófica a la ética es el mecanismo por el cual se amplía el rango de individuos de los que nos preocupamos por su supervivencia. En definitiva, los valores sociales que nos incitan al cuidado de los otros (descendientes, pareja...) vendría articulados por mecanismos neuronales y corporales, entre los que destacan la producción de los neuropéptidos Oxitocina y Vasopresina arginina (con un origen anterior a los mamíferos), y no culturales. Es así como Churchland pone sobre la mesa una argumentación que inclina la balanza hacia los biológico en la dialéctica naturaleza-cultura.
Por el contrario, Ruth Benedict, perteneciente a la Escuela de la Cultura y la personalidad busca en la educación de los niños la transmisión de los valores culturales que llevarán incluso a enseñar a los japoneses a conseguir y mantener ciertas posturas corporales; para ella la balanza se inclina hacia el lado de lo cultural.
Como se puede observar, la dialéctica creada con ambas autoras es muy rica y nos da para mucho debate e intercambio de ideas.
Seguiremos informando de nuestros progresos.
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